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Review: Los Delincuentes

Los delincuentes llega a los cines después de haber sido seleccionada como representante de la Argentina para los premios Oscar. Y con este antecedente elogioso en este caso —todavía sigo recuperándome de la preselección de Manuelita en 1999—, quizás el público pueda superar el shock de las tres horas de duración y verla porque realmente vale la pena.

Con un tono atemperado de comedia, la película muestra el ecosistema del trabajo en un banco: monótono, alienado, lejos de toda creatividad. El suceso “extraordinario” de la clienta (Adriana Aizenberg) con una firma exactamente igual a otra registrada por otro cliente se convierte en llave que abrirá el tema de los dobles. Es que hay gente que tiene la misma voz, la misma firma o que es idéntica, plantean empleados y gerente achatando, como todo lo que pasa por el prisma del banco, la singularidad del hecho.

Sin embargo uno de los empleados, Morán (Daniel Elías), lleva a cabo el robo que venía planeando: el importe correspondiente a lo que cobraría en total hasta jubilarse. El delito es su hipótesis de búsqueda de la libertad. ¿No es más negocio cumplir con tres años y medio de prisión y no tener que trabajar hasta la jubilación o la muerte —lo que suceda primero—? Para ponerla a prueba, necesita de un cómplice, alguien que le guarde el dinero. Ahí entra Román (Esteban Bigliardi).

A partir de entonces, Los delincuentes despliega una serie de juegos especulares, simbolismos y coincidencias que se multiplicarán. Es que veremos, a través de la pantalla partida, a Morán en la cárcel y a Román en el banco, repitiendo gestos, cumpliendo cada uno una condena distinta; a Morán y a Román haciendo el mismo camino, con una temporalidad relatada inversa a la temporalidad de la historia.

A estos dos personajes masculinos se sumarán otros dos personajes femeninos, con nombres que también son anagramas: Morna y Norma, quienes se entrelazarán a su vez en los relatos. Y casi como nota al pie, la presencia de Fabián Casas con un personaje muy secundario, aporta la segunda llave, la del arte.

Porque en Los delincuentes se espejan para ponerse en tensión la vida urbana y la vida en las sierras, el amor y la pareja, el trabajo y la cárcel. Pero fundamentalmente se pregunta, como la canción de Pappo’s Blues, ¿A dónde está la libertad? ¿En el espacio que habilita el trabajo alienado? ¿Se puede liberar el espíritu leyendo a Zelarrayán o a Juan L. Ortiz a pesar de estar en cana?

Quizás encajable en esa etiqueta odiosa de cine-arte, Los delincuentes parece sentenciar, como “La gran Salina” de Zelarrayán: “la palabra misterio ya no explica nada”.

 

 

9/10

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