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Review: El árbol mágico

En El árbol mágico (The Magic Faraway Tree, 2026), la pareja de Tim (Andrew Garfield) y Polly (Claire Foy) se encuentra en un momento complicadísimo después de que ella renuncia a su trabajo: resulta que la empresa en la que diseñaba una heladera inteligente, les proveía también la casa y el coche. Como él cuidaba a los tres hijos: Beth (Delilah Bennett-Cardy), Fran (Billie Gadsdon) y Joe (Phoenix Laroche), no hay backup.

Entonces recuerdan que antes se guiaban más por los sueños que tenían que por la seguridad económica, y deciden abandonar la vida urbana para instalarse en una granja a perseguir uno de esos sueños. La idea, que incluye tomates y un cambio de vida radical, no convence mucho a los chicos: Beth, la mayor, no puede conectarse con sus amigas, y el del medio no puede recargar su dispositivo para jugar.

Fran, la más pequeña, pareciera más conforme con el cambio, ya que ahora todos están presentes y pueden compartir como familia y, quizás por eso, ya en camino a la granja tiene un encuentro con un hada. Basada en la obra de Enid Blyton (que fue publicada en 1939), la película de Ben Gregor recupera esa fantasía de hadas y duendes, donde el otro mundo se puede ver si tenés fé o conservás la imaginación.

Por otro lado, se aggiorna poniendo el foco en la dependencia con los dispositivos y la tecnología inútil que termina siendo de control (como la heladera que monitorea los movimientos de los miembros de la casa). La contrapartida es la producción de una tecnología necesaria, puesta al servicio de las necesidades y los sueños (que son otra forma de la necesidad, porque también hay que soñar para vivir), como el sistema de riego para los tomates.

En esa situación, Fran conoce al hada Silky (Nicola Coughlan), quien la invita al árbol mágico, donde vive junto a otros personajes disparatados. Ella será la encargada de presentar a sus hermanos el mundo mágico, aunque estén escépticos y más preocupados por enganchar wifi y, un poco, recuperar esa infancia que se les escapaba pegados a las pantallas.

Hay un conflicto entre el mundo real y el del árbol mágico, claro. Pero mayor es el de esa familia que prácticamente dejó de hablarse porque cada integrante está mirando una pantalla distinta. La película aprovecha esa situación para plantear el antagonismo entre tecnología e imaginación de manera efectiva y poco sutil. No deslumbra, pero es tierna y entretenida.

6/10

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