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Review: Nouvelle Vague

Richard Linklater estrena Nouvelle Vague, una película en blanco y negro en la que cuenta el proceso de rodaje de Sin aliento (À bout de souffle) de Godard. Pero no es una reconstrucción nostálgica sino un gesto de conversación con el pasado: se construye como un ensayo en imágenes, más interesada en el pulso que en la cita. Sosteniendo en la punta de la cámara la pregunta que todos alguna vez nos hicimos sobre momentos históricos o productos culturales importantes.

La pregunta es ¿cómo habrá sido estar ahí? Y Linklater elige contestarla con elementos del cine de autor, con una fotografía que trabaja la austeridad, un blanco y negro áspero, con contrastes irregulares y una textura que remite al juego doble de la reconstrucción del momento de construcción sin dejar de mostrar que es una película. Así, un plano de Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin) y Jean Seberg (Zoey Deutch) sentados en la cama, se abre para mostrar a los técnicos.

Y cuando Jean-Luc Godard (Guillaume Marbek) dice “corte” y ellos se quedan tonteando en el vestidorcito, la cámara los sigue, como sigue al marido de ella que se presenta en el “set”, que en ese momento es una habitación pequeña. Pero antes, con el jazz que nos coloca en el clima de época, vemos a todos los popes yendo a reuniones, chismeando, comportándose como un grupo de amigos. La cámara los va presentando con títulos.

Truffaut, que acaba de estrenar su película y está agrandado. Rohmer, que también estrenó y ahora sólo queda Godard, que se muere de ganas de dirigir su propia película. Nouvelle Vague nos permite ver esas escenas alrededor de los Cahiers du Cinema y por fuera de las películas, desmitificando esos grandes nombres y mostrando la parte humana del movimiento homónimo.

No se narran grandes conflictos dramáticos, pero sí desacuerdos persistentes, diferencias de sensibilidad, formas distintas de entender el cine y el mundo. La película entiende que la Nouvelle Vague no fue un bloque homogéneo, sino una constelación tensa. Y en esa tensión, Linklater encuentra humanidad. Godard no aparece como el enfant terrible que imaginamos, sino como alguien incómodo, inquisitivo, a veces irritante pero también juguetón y tierno.

En suma, Nouvelle Vague es una hermosa película que imagina cómo habría sido aquella época, cómo los jóvenes de entonces pensaban, se reunían y producían un momento bisagra en la historia del cine, buscando alejarse de la industria de los estudios y proponiendo nuevas formas de contar con una cámara. Ojo: contagia más ganas de hacer que de criticar.

10/10

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