El tema del verano no es el bodrio que podría indicar su título; en cambio, sí tiene algo de esa liviandad sugerida. La película, dirigida por el uruguayo Pablo Stoll Ward ―codirector de 25 watts y Whisky y director de Hiroshima y 3―, es su primera incursión en la temática zombi. Y como la marca del director es la comedia, esta nueva entrega no es la excepción. Estrenará el jueves 5 de febrero en la Sala Lugones del C.C. San Martín y a partir del jueves 12 se proyectará en el Gaumont y otros espacios INCAA.
Luego de los parroquiales, la cosa: el mundo atraviesa una pandemia y en ese contexto general ―que mucho no importa porque las referencias son exclusivamente locales―, tres chicas en un auto, al mejor estilo ángeles de Charly rioplatenses, hackean los certificados de vacunas de un laboratorio ―atenti a que sea un laboratorio privado y no una vacunación estatal la que se pide―. Pero no hay Charly; las chicas trabajan para ellas mismas.

Ana (Azul Fernández), Malú (Malena Villa) y Martina (Débora Nishimoto) llegan de Buenos Aires a Uruguay invitadas por un hombre de dinero a su chacra frente al mar. Son viudas negras listas para desplumar al tipo. Pero el tipo no aparece y en cambio, las recibe el cuidador de la casa, un chileno que parece ser empleado y amigo del dueño (Agustín Silva). Con él está Vero (Romina Di Bartolomeo), una artista también invitada a la casa.
El dueño de casa sigue desaparecido mientras se despliegan otros recursos en el filme: el suspenso; los indicios grotescos como la presentación del chileno cubierto de sangre, que dice, es porque está carneando un chivito para el asado; el homenaje a La muerte le sienta bien con unos efectos visuales disparatados; la música pegajosa y contrastante de Luciano Supervielle; y lo bizarro de unas bombillas convertidas en puñales.
Lejos del imaginario gore o del terror clásico ―que los usa también―, el film es una comedia extraña, de ritmo irregular y humor opaco: no es para cagarse de risa sino en algunos momentos y en otros quedarse procesando (mientras el gag queda atrás). Los zombis no vienen a destruir el mundo, son una anomalía más en un mundo ya de por sí corrido de eje, un fenómeno que rápidamente se naturaliza. Como el capitalismo.
Algo de eso propone el personaje de Daniel Hendler, en medio de sus discursos conspiranoicos ―hace pensar en Bugonia y ese fondo de verdad que se cuela en estos personajes exacerbados―. Y quizás, con esta peli de corpus, se podría proponer otro estadío para el zombi: ya no el esclavo haitiano, ya no el consumidor compulsivo de Romero, ahora el zombi es el que finge demencia y sigue en una. Muy divertida.
7/10