Gioia mía. Un verano en Sicilia es un drama familiar con elementos de una película de aprendizaje. Dirigida y escrita por Margherita Spampinato en su debut en largometraje, la película hace foco en Nico (Marco Fiore), un preadolescente enviado a pasar el verano con su tía abuela porque su niñera se casa y los padres trabajan. Así, en la primera escena vemos su mirada melancólica apoyado en la ventanilla del avión.
Pronto entenderemos que esa mirada nos habla también de un enamoramiento con Violetta, la niñera, y por tanto, de una separación amorosa. Y que el encuentro frío con la tía abuela Gela (Aurora Quattrocchi) en la terminal es el ingreso a otro mundo: uno donde reinan las abuelas, se duerme la siesta, se comen platos tradicionales con fuentes y cubiertos que llevan muchas generaciones en la familia y no hay wifi.

Yo no sé si en Italia siguen existiendo lugares así, pero el universo está tan bien construido que sería una lástima que no existieran. Allí los edificios tienen esa arquitectura antigua que hemos visto en muchísimas películas: patio central donde las vecinas se juntan a chusmear y se convierte en el centro donde ocurre la sociabilidad, galerías enormes, departamentos gigantes con paredes llenas de fotos e imágenes religiosas.
En ese contexto Nico debe lidiar con su duelo amoroso y con su aburrimiento y aprender a vincularse con otros chicos, a jugar sin el celular y a empatizar y comprender que los otros también tienen sus propios duelos y que el amor tiene muchas formas. Así, el choque intergeneracional se va suavizando, hay aprendizaje mutuo y aparecen nuevas sensibilidades en los personajes.
Con grandes interpretaciones, tanto de Fiore como de la joven Martina Ziami (que hace el rol de otra nieta que pasa el verano en esa villa siciliana) y de Quattrocchi ―quien ganó el premio Leopardo a la mejor interpretación en Locarno 2025―, la película explora el paso a la adolescencia a través de la primera decepción amorosa. Pero también revaloriza el tiempo lento, los detalles y los saberes domésticos de las abuelas como legado.
En suma, Gioia mía. Un verano en Sicilia es una película tierna y cálida, un puente entre películas de época de la Italia más antigua y la Italia contemporánea. Con unos interiores abiertos que hablan de una sociabilidad colaborativa y unos (pocos) exteriores bellísimos. Buenas actuaciones y personajes que se van ganando el corazón con el transcurrir de los minutos.
7/10