El jueves 26 de febrero estrena en el cine Gaumont de la ciudad de Buenos Aires Nuestra cosa perdida, en el marco del ciclo Funciones únicas que, como sabemos, programa documentales una vez o un puñadito de veces. Por eso es importante estar atentxs para no perderse esta película encantadora y dolorosa que intenta continuar la conversación que abrió la frase “no me puedo morir porque no hice una película”.
Eso le dijo Daniel Cruz a su hija Martina tres días antes de morir. Y Martina, tomándolo como una pista o como una excusa, se lanzó a la búsqueda del guion de esa película fantasma. Ese es el motor que impulsa la narración: una búsqueda casi policial que se traslada a la contraseña de mail del padre. Si era un fanático del cine, la contraseña debe ser el título de una película.

La trama de esas películas y posibles contraseñas ayuda a describir y entender parte de la historia del padre, pero también de toda esa familia. Y Martina es la directora, la detective y la voz en off que señala quién es su padre, quién es su madre, quién su hermana, quién es ella en las imágenes familiares. La propuesta está en la línea de El silencio es un cuerpo que cae (2017, Agustina Comedi) y Las voces de Pablo (Gonzalo Murúa Losada, 2024).
Se trata, como éstos, de un documental que explora la figura del padre. La particularidad de Nuestra cosa perdida no es investigar aquello que se desconoce del padre, sino dialogar con eso que no se le pudo decir sin aplicar el manto de bondad que parece cubrir a muchos en la muerte. Las entrevistas a la hermana y a la madre y el recuerdo de la violencia terminan descubriendo el sonido de contraseña incorrecta.
Es que cada una de las historias, por más verosímil que sea, es sólo un punto de vista; pero todas, juntas, se acercan a algo. Dice la directora que en su casa el cine fue un lenguaje a través del cual se podían decir y pensar lo que no sabían hacer cara a cara. Aquí también es el recurso para reflexionar; así, el uso de imágenes sacadas de películas clásicas será una argucia económica para esquivar permisos, pero es totalmente orgánico.
Comparto un poema de la hija que cierra su película con el apellido Cruz como todo crédito final por la dirección, otra pista para ese guion que se encuentra en el diálogo entre el pasado y el presente, pero más en el presente: “Vimos las olimpiadas / en pleno invierno / con mi papá desempleado / la televisión de aire fallaba / mostrándonos de a fragmentos / esa gente que enfocó toda su vida / a una sola cosa / para que nosotros podamos ver / lo que es tocar un sueño / desde una casa que se derrumba”.
9/10