Las aventuras de Dog Man se estrena este jueves 6 de febrero de 2025 en las salas argentinas. Se trata de una película animada de superhéroes basada en el cómic de Dav Pilkey Dog Man —el agregado de “las aventuras de” casi seguramente se deba a la necesidad de evitar la confusión con el filme de Luc Besson—. Apunta al público infantil —con cierta tensión que ya mencionaré— y constituye una apuesta al humor absurdo.
Ya desde el comienzo se plantea un universo en funcionamiento: la ciudad de OhKey, en la que el oficial de policía Knight patrulla junto con su perro Greg. También están el jefe del oficial, siempre presionado por la alcaldesa, que necesita dejar una buena imagen en época de elecciones y el supervillano Petey, un gato antropomórfico que habla. ¿Por qué esta ruptura de la lógica del mundo no se explica? No hay por qué.

Del mismo modo, un accidente hace inviables el cuerpo del perro y la cabeza del oficial y la única forma de salvarlos es injertar uno y otra. Así nacerá el nuevo superhéroe policial que se enfrentará a Petey, que tendrá la inteligencia del perro y la fortaleza del cuerpo del hombre. ¿De dónde se deduce esto? No se deduce, lo dirá en un parlamento el gato o su empleada.
¿Por qué el gato puede hablar y Dogman no? No lo sabemos. Quizás el cómic nos explique más cosas pero por lo pronto habrá que firmar el contrato de espectador y seguir el juego para avanzar. Todas las soluciones y los inconvenientes son absurdos, como el escape de material de la fábrica de gas vivificante que dará vida a los edificios. ¿Por qué a los edificios y no a otros objetos? No hay por qué che, no insistan.
Este recurso al absurdo funciona por momentos pero no me queda claro que lo haga todo el tiempo. En este sentido, a mi entender, la propuesta de fondo es la sobreestimulación vacía. Porque decime si no hay un montón de hilo que cortar en la subjetividad de ese ser en el que conviven el hombre y el perro, que han sido dos y ahora son uno solo. ¿Qué añora Dog Man? ¿A la novia que lo dejó? ¿A la dueña que le jugaba? ¿La individualidad?
No lo sabemos. La trama apenas da respiros en los que no suceden disparates. Y los temas problemáticos como la paternidad se tratan de un modo tradicional y bajalínea, lo que resalta lo absurdo como capricho y no como recurso dramático. Por otro lado, visualmente los colores y los trazos son simples y evocan la estética del material original. De fácil consumo, con juegos de palabras —quizás la única complejidad— que se perderán en el doblaje y que tampoco causaban mucha gracia. Exclusivo para niños.
6/10