El título de este documental, Partió de mí un barco llevándome, retoma y deja flotando el espíritu de Árbol de Diana (1962), el poemario de Pizarnik: cómo explicar con palabras de este mundo la experiencia de lo indecible, de lo que pasa por el cuerpo y transforma para siempre la subjetividad. Este trabajo denso se carga a espaldas la segunda película de Cecilia Kang, la directora de Mi último fracaso (2016).
Lo hace enlazando la historia de Melanie Chong (actriz y protagonista) con el testimonio de una de las mal llamadas “mujeres de confort” (wianbu) y el vínculo de las mujeres hijas de inmigrantes coreanos en Argentina con su herencia cultural. Para ello, utiliza herramientas que se alejan de los testimonios frente a cámara —cosa que hace rato venimos viendo en los documentales como Clara se pierde en el bosque, reseñado este año en Locoxelcine— y se hibrida con la ficcionalización y la road movie.

El relato abre con un casting donde mujeres jóvenes descendientes de padres coreanos hablan de sus vidas, sus trabajos, sus sueños, sus ganas o no de conocer o vivir en Corea y si conocen la historia de las wianbu. A partir de ahí la mirada se centrará en Melanie, seleccionada para representar el testimonio de una de estas mujeres coreanas raptadas durante la segunda guerra mundial para ser esclavas sexuales para los soldados japoneses.
El recorrido entonces se torna introspectivo y a la vez exterior: la doble victimización de estas mujeres que además de esclavas se convirtieron luego en parias para sus propias familias de origen resuena en el presente en ciertos valores arraigados. Así, sabremos que la madre de Melanie soportó la violencia machista de un marido del que le costó separarse y al que no denunció para que no fuera excluido por la comunidad.
La trama recorre también los mandatos de continuar con el negocio familiar y el matrimonio como destino; se mete en los vericuetos de una identidad atravesada por la migración y los choques y continuidades culturales con los padres; y el ser mujer con todas esas características interseccionales, en un mundo donde todavía se le reclama a Japón un pedido de disculpas público por estas vejaciones.
En resumen, Partió de mí un barco llevándome cuenta una historia que, partiendo de lo íntimo habla de lo histórico —como El campo en mí, también reseñado en esta página— y, en este caso, vuelve a la subjetividad para enriquecer la mirada con todos esos matices. Para quienes les huyen a los documentales, tranquis: el recurso de la ficción y el viaje alivianan esa sensación y la fotografía es muy bonita, lo mismo que la música a cargo de Delfina Peydro. Y no voy a spoilear pero el final, con elementos mínimos, logra un efecto de sobrecogimiento y esperanza que hay que sentir.
8/10