Deep Web: Murder show es una película de terror que usa todos los clichés y lugares comunes del género para intentar provocar algo que no sucede en ningún momento. Pero vamos primero a la sinopsis y luego analicemos por qué no consigue generar miedo: Ethan (Aiden Howard) es un podcaster que investiga crímenes que la policía dejó sin resolver, hasta que la asesinada y desmembrada es su hermana.
Esta repentina muerte lo obliga a volver a su ciudad natal e investigar lo que sucede, como el título señala, en la deep web, ese espacio virtual que termina siendo como un mercado negro para todo tipo de cosas. En este caso, un streaming en el que se asesina gente en vivo y los usuarios pagan en cripto para decidir qué se le hará a la víctima. Así, el tema de internet, las criptomonedas y el anonimato de internet son la novedad

Pero hasta ahí nomás. Recuerdo 8mm (1999), en la que el punto de vista era más interesante e incómodo: la viuda que encuentra entre las posesiones de su difunto marido una cinta original de un asesinato. Aquí, por el contrario, el punto de vista es la del pibe que se las sabe todas, un nerd piola pero con aspecto hegemónico —a tal punto es rari que se incluyen un par de chistes para reforzar que el que tiene novia y sale es su coequiper medio calvo y no él—. Ahre.
Esto no sería un problema si las actuaciones fueran buenas, pero tampoco es el caso. Quizás la única escena que nos hace sentir algo la protagonice Shadow Monkey (Brendan Fletcher), el personaje del hacker fumón que ayuda a Ethan, que si bien parece una caricatura, logra hacernos empatizar y preocuparnos por su suerte. Sin embargo, el problema de Deep Web: Murder show no se queda en las actuaciones.
El guion también está muy desequilibrado, de modo que hay un montón de puntos de giro que salen de la galera o densidades de sentido que no explotan. Por ejemplo, el misterio que rodea la partida del protagonista de su ciudad natal y el alejamiento de su familia, que se sobrecarga y nunca se explica mientras que en un parlamento corto establecen que la hermana era especialista en descifrar códigos.
Y para compensar todas estas falencias, pareciera que se quiso promover el terror a través del abuso de sonidos fuertes “aterrorizantes”, movimientos de cámara y zoom salvajes, uso de máscaras y payasos —todos los clichés y lugares comunes que el género supo construir—. Quizás atendibles sean los créditos finales si se los toma como un videoclip de música. No la salva ni el morbo de que el director haya muerto antes de este estreno.
3/10