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Review: El campo en mí

El campo en mí es un documental íntimo, personal y político y es también la ópera prima de Tamara Mesri. La directora traza un camino no convencional para llegar a la realización de esta película: formada en espacios no académicos, en composición coreográfica, danza, teatro y fotografía, estudió también Artes Combinadas en la UBA. Paralelamente, comenzó a registrar con una cámara de uso casero pequeñas escenas de la cotidianidad familiar.

El proyecto comenzó a pensarse como una peli cuando ella aún vivía con su abuela Luba, una sobreviviente del Holocausto. La particularidad del vínculo está signada por la muerte de la madre de la directora cuando ésta tenía veintidós años y el descubrimiento de esa personalidad fuerte y por momentos violenta pero también capaz de la profunda ternura de criar a una nieta. Entonces la hipótesis a poner a prueba fue que los horrores del campo de concentración moldearon ese carácter.

Pero como en todo proyecto, las hipótesis a veces se confirman, a veces se modifican y a veces se refutan y quizás en este caso esa puesta a prueba se haya vuelto innecesaria. Porque, ¿cómo aislar el trauma de la constitución de la personalidad? ¿cómo pensar una Luba que no vivió el campo? Y ¿qué validez tendría la comparación con otras personas aún de la misma familia que también lo vivieron?

El valor que adquiere El campo en mí es el del testimonio a través de signos tangenciales —el horror absoluto se torna imposible de transmitir— en esa abuela que da vueltas para hablar del campo pero que va con el cabello lavado a la peluquería para ahorrar ese gasto que le parece superfluo. “Rusear” será un término que, como la película, sale de lo personal, va hacia lo social y se resignifica en las otras generaciones que aparecen.

Guardar hasta el mínimo resto de comida, gastar grandes cantidades de energía en conseguir un descuento mínimo, etc. se redescubren huellas del campo, del sobrevivir que se heredan y que se vuelven más significativas que un testimonio articulado de lo inenarrable. Porque, como dice el epígrafe de Faulkner que da inicio al relato: «El pasado no terminó, ni siquiera es pasado».

De este modo, El campo en mí se inscribe en los documentales construidos con archivos personales y familiares (como el excelente El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi) pero se proyecta hacia la historia mundial poniéndoles nombre, cara, cuerpo y huellas familiares a la historia de millones. Un gesto político desde el arte que, desde siempre, ha sido testigo y denunciante, como lo sigue siendo para aquel genocidio y para los nuevos genocidios, como el que el gobierno israelí está perpetrando hoy sobre el pueblo palestino.

6/10

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