Hoy llega a nuestros cines el reestreno de un clásico de la Nouvelle Vague de los años 60’s, dirigido por Jean-Luc Godard, Alphaville. La película es protagonizada por Eddie Constantine, Anna Karina, Akim Tamiroff y Jean-Louis Comolli. La historia sigue a Lemmy Caution, un agente secreto que llega a la ciudad de Alphaville con una misión que involucra espionaje, asesinato y la caída del sistema de inteligencia artificial que controla la ciudad. Sí, con esta trama estamos hablando de un film de 1965 porque lo que realmente interesa a Godard es reflexionar sobre el avance de la tecnología, la deshumanización y la pérdida de la capacidad de sentir. Temas que, curiosamente, hoy parecen mucho más actuales que cuando la película fue estrenada.
Cuando pensamos en ciencia ficción solemos imaginar naves espaciales, planetas lejanos o tecnologías imposibles. Sin embargo, Jean-Luc Godard decidió ir por otro camino. Alphaville nos transporta a una ciudad futurista gobernada por una inteligencia artificial llamada Alpha 60, pero lo hace utilizando las calles, edificios y hoteles del París de los años sesenta. El resultado es una de las propuestas más extrañas y fascinantes que ha dado el género.

Alphaville es una película que exige la atención del espectador. Su narrativa es deliberadamente fragmentaria y muchas veces parece más preocupada por transmitir ideas que por ofrecer explicaciones. Dicho esto, ahí reside gran parte de su encanto y también un punto de inflexión que puede alejar a ciertos espectadores acostumbrados a otro tipo de ritmo narratigvo. Godard construye una distopía sin recurrir a grandes efectos visuales ni escenarios monumentales; le basta con una iluminación fría, una arquitectura moderna y una atmósfera opresiva para hacernos creer que estamos viendo una sociedad del futuro.
Eddie Constantine sostiene gran parte del film con un protagonista que parece escapado de una novela pulp y arrojado de golpe a una reflexión filosófica sobre la condición humana. A su lado, Anna Karina aporta una sensibilidad que funciona como contrapeso frente al mundo mecánico y racional que domina la ciudad.
Ahora bien, no todo funciona de manera perfecta. Hay momentos en los que el discurso filosófico se vuelve tan dominante que la historia pierde impulso. Algunos diálogos pueden sentirse crípticos y más de un espectador seguramente terminará la película con preguntas. Pero da la sensación de que Godard busca precisamente eso: generar incomodidad y reflexión antes que ofrecer respuestas cerradas.
En fin, Alphaville es una obra fundamental para comprender cómo la ciencia ficción puede convertirse en una herramienta para pensar el presente. Quizás no sea una película para todos los públicos, especialmente para quienes buscan una narrativa convencional, pero quienes estén dispuestos a entrar en su juego encontrarán una experiencia única que sigue conservando una sorprendente vigencia. Una distopía fría, inquietante y profundamente humana que demuestra que el futuro puede esconderse en las esquinas del presente. Recomendada para ver en la gran pantalla.
8.5/10.