¡Gloria!, la ópera prima de Margherita Vicario, es una película que rescata uno de esas realidades marginales para la Historia con mayúscula. Ambientada en el Hospicio De La Piedad de la Venecia del siglo XVIII —esa institución donde las niñas huérfanas eran criadas entre claustros y partituras—, la película pinta el mundo cerrado, regido por el control masculino de la iglesia pero donde la música podría volverse refugio.
La cámara se desliza con gracia entre los ensayos, los rezos, y los suspiros contenidos de las jóvenes internas, que viven entre la disciplina para ejercer la música —y brindarles así una habilidad “embellecedora”— y como espacio para cierta libertad y expresión. Las pupilas con prodigios musicales y posibilidades de casarse bien, conviven con la sirvienta muda, más o menos de su misma edad.

Esa tensión de clases dentro de lo ya oprimido, ese muro invisible entre las que pueden ser aplaudidas y la que apenas puede ser vista, se instala como una herida sorda, que late todo el film y que encontrará formas, trabajosas, por supuesto, de construir complicidad femenina. En este sentido, Vicario construye una reflexión sobre el poder: ese que baja del púlpito, de las apariencias y de la masculinidad y que decide quién vale y quién no.
El cura —figura que oscila entre lo patético y lo siniestro— es esa representación; y se encuentra en un aprieto cuando se conoce que el Papa irá a visitar el hospicio y espera escuchar nuevas composiciones de su puño y letra. Pero como reza el dicho, las que saben, saben; y el que no, dirige el coro (capaz cambié un poquito el refrán). Y las que saben ocupan un lugar subsumido, así que tendrán que luchar por conquistar su voz.
Ahí donde la película vibra más fuerte: la rebeldía que nace entre corcheas no es solo una necesidad estética, sino un acto político. La música, que al principio parece un privilegio, se convierte en lenguaje de resistencia; incluso para la sirvienta, Cuando ellas rompen las reglas, lo hacen también en nombre de todas las que no tuvieron voz ni partitura. Y este mensaje tan actual se logra combinando una estética barroca y moderna.
En definitiva, ¡Gloria! es una ópera prima con alma de manifiesto. Habla de arte, pero sobre todo de desafiar al poder y alzar la voz. Vicario construye una ficción que vuelve a mirar esa porcioncita del pasado —y aquí ya configura una toma de posición— en clave feminista, de sororidad y rebeldía. Divertida, ácida y esperanzadora.
8/10